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Honguiñén − Kemelz (1): Mi destino ceniza será, pues arraigado a mi pasado está


Mushliand, nuestra tierra, era áspera y fría. Y, a pesar de eso, había una frondosa vegetación de llamativos colores: Arbustos rojos, árboles azules, un pasto cian que crecía junto a nosotros, los Hongarios. Los Hongarios éramos unos seres extraños para las otras criaturas. Como duendes o pitufos, nos reuníamos en pequeños poblados esparcidos por todo el lugar. No sabía mucho acerca del tema, pero según me habían contado mis padres, los Hongarios somos seres muy peculiares en el mundo, y somos buscados con ansia por unos seres llamados “humanos”, los cuales nos venden después en subastas en los rincones oscuros del mundo. Siempre pensé que aquello no eran más que simples leyendas, de esas que les contaban a los niños para que se durmieran cuando debían. Pero, desgraciadamente, no era así...

−¡Eh, tú, cabeza de hongo! ¡Date prisa si quieres llegar antes del alba! −Me dijo un señor que avanzaba delante mío, un señor de grandes bigotes negros, el señor Kinopio, quien se encargaba de cuidarme−. De verdad, eres incorregible, muchacho.

−Nada me importa ya. ¡Acabo de ver a mis padres morir! −Repliqué yo, con un tono desesperado.

−¿Renunciarás a tu oportunidad de vivir solo por eso? Para ser un niño, eres muy negativo. −Por un instante me miró, para después girarse al frente de nuevo con angustia−. ¡Anda, déjate de rodeos y sígueme si no quieres que hagan contigo lo que hicieron con el poblado!

−...

Fui incapaz de decir nada más en ese momento, dirigí mi vista hacia atrás, solo para ver a lo que solía ser mi poblado siendo devorado por las llamas, y a grandes seres matando a los adultos y llevándose a los niños, pensar en mis padres muertos y mis amigos con un incierto destino me hacía deformar mi cara en una mezcla de rabia y completo horror. No estaba preparado. No estábamos preparados.

Nuestra especie nunca fue una especie guerrera, nos alimentábamos de plantas y Sol, no necesitábamos nada más. No teníamos depredadores, no había nada de lo que preocuparse, éramos pacíficos. Entonces, ¿por qué nos hacían esto?

El único que tenía conocimientos de combate era el señor Kinopio, un muy valiente y poderoso hombre que antiguamente había batallado en la guerra de las tres coronas. Él era un Toad auto-exiliado del Reino Champiñón, quienes fueron aliados de los humanos en aquella guerra. Su presencia me traía algo de tranquilidad, pero no la suficiente. A raíz de lo que acababa de pasar, no sabía si podía confiar en alguien que luchó codo con codo con esos monstruos. Él no era bien visto en el poblado por esta razón.

Seguimos avanzando por la llanura, a través de un camino hasta llegar a una pequeña cabaña cercana a un riachuelo. Allí vivía un fornido Koopa llamado Lansom.

−¡Vaya, vaya! ¡Mira a quién tenemos aquí, si es el ingenioso Kino-Kino! −Saludó el hombre.− ¿Qué haces tú por aquí? ¡Y con un crío, válgame Kuawser!

−¿”Válgame Kuawser”? Tenía entendido que eras desertor del ejército porque no aprobabas sus ideales. Este chaval de aquí es Honguiñén.

−¡Ja, ja, ja! Definitivamente, eres el mismo de siempre, soso y serio. ¿Qué quieres que diga? ¿”Válgame Pléstal”? −Respondió irónicamente el Koopa.

−Quizá no haya cambiado nada, pero esta vez es serio. ¿Recuerdas Mushliand, la tierra donde te dije que me iba? Los humanos encontraron el poblado de este chiquillo, y le han arrebatado todo lo que tenía. Hoy acudo a ti para que formes al chaval para el combate.

−¡¿Eh?! −Exclamamos a la vez Lansom y yo. Al parecer el se encontraba igualmente extrañado de la decisión de Kinopio.

−Sé que yo sería capaz también de formarlo, pero tengo un par de cosas que hacer, y además no estoy tan al tanto del combate físico, yo soy un estratega. Después de lo que ha pasado quiero que sea capaz de defenderse solo.

−¿Por qué yo? Randall está más capacitado para esto. Él fue mi instructor en el ejército después de todo.

−Randall no es adecuado, al fin y al cabo él sigue en el ejército, tiene trabajo que hacer, y los koopas podrían vender a Honguiñén a los humanos.

−Bueno, supongo que te debo una bien gorda por lo de tu mujer, y realmente no tengo nada que hacer. No te preocupes, yo me ocuparé de entrenarle y que esos tipos no lo encuentren. Pero creo que aún no has preguntado al más importante, primero debes saber si quiere hacerlo.

−No es que pueda, es que TIENE que hacerlo.

Yo sólo observaba y escuchaba, sin entender muy bien su conversación, pero al parecer, ellos querían que yo empezara a entrenarme para ser capaz de luchar, y yo no podía estar más ansioso por hacerlo. Definitivamente, me volvería fuerte, y una vez lo fuera, salvaría a aquellos de mi poblado que aún viven.

−Quiero someterme a ese entrenamiento. −Dije con total seguridad.

−Así sea pues, a partir de mañana, comenzaré a enseñarte todo lo que sé.

El Sol comenzaba a ocultarse, pronto se haría la noche, y el señor Kinopio finalmente salió de la cabaña y se despidió de nosotros. No pude evitar sentir tristeza al ver al señor Kinopio partir, justo ahora me daba cuenta, tras 9 años de vivir codo con codo, de que aquel hombre también tenía una historia, una historia más infeliz de lo que podía imaginar, muy posiblemente.

Pero pronto tuve que dejar de pensar en él y pensar más en mí, lo que había presenciado, y lo que seguramente tendría que presenciar. En un sólo día mi vida dio un gran revés, pero había sido capaz de soportarlo. Agradecía al menos que el señor Kinopio atravesara las llamas para llevarme con él, en medio de los gritos de los demás. Sin embargo, aún desconocía el porqué.

−¡Eh, chaval! ¡Descansa bien, que mañana vas a tener que usar todas tus fuerzas! −Exclamó Lansom con emoción.

−Está bien −Asentí cabizbajo.

Me acosté en un pequeño montón de paja con una sábana de tela por encima que tenía Lansom guardada. Esa noche no pude dormir, a pesar de lo que había vivido hoy, la razón por la que no pude dormir era porque, irónicamente, esa noche era especialmente hermosa.
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